La vida a veces parece una broma. Durante una buena temporada he estado en paro, lo cual implica no tener nada que hacer (es un decir, porque el día a día ya conlleva cierta ocupación), no ganar dinero y, por lo general, tener cierta actitud de desánimo.

Desde hace mes y medio tengo un trabajo, y si todo va bien, lo tendré por al menos seis meses. Pero se da la circunstancias de que, desde hace una semana, mi nivel de actividad real está al 5%. Me explico mejor: no tengo absolutamente nada que hacer. Cada mañana llego a la oficina, miro mi agenda y veo que no tengo ninguna visita de clientes concertada, ninguna llamada que hacer, ningún asunto que tratar…. La razón es que la actividad que desarrollo va siguiendo un orden, unas etapas preestablecidas; como la primera de ellas ya ha finalizado con cierto éxito, pues estoy a la espera de poder empezar la segunda etapa. ¿Por qué no la empiezo? Porque no depende de mí, sino de que los jefes tomen una serie de decisiones y me den vía libre para ponerme en manos a la obra.

Ellos ya saben desde hace días que hasta que ellos no decidan ciertos puntos, yo no tengo nada que hacer. Pero eso parece no importarles. Ya conocemos a la mayoría de los jefes: son personas muy ocupadas. Entran y salen de la oficina con gesto de agobio desbordado; pararlos y tratar un tema parece más difícil que conseguir una audiencia papal y, una vez que se consigue, lo que te dicen es que no han tenido tiempo para estudiar el tema, y que lo harán lo antes posible.

Mientras tanto, ¿a qué me dedico? A la vida ociosa. Sólo me falta llevarme a la oficina unos palos y ponerme a hacer malabarismos. Gracias a Dios soy una persona creativa: me gusta escribir, tengo imaginación para crearme cosas que hacer…. Por ejemplo, me he hecho un cuadro Excel para llevar los gastos de la casa de los últimos meses; también he podido ejercer de corrector ortográfico, pues me gano un dinerito extra haciéndolo para una pequeña editorial. Retoco fotografías almacenadas en mi portátil, elimino todo aquello que sobra de mi PC, hasta estoy haciendo un curso on line de Excel …. En fin, actividades varias. El problema es que cada mañana tengo que estar seis horas, y mi imaginación no da abasto. Las mañanas se me pasan lentas, miro el reloj constantemente, y hasta tengo ciertas rutinas que me hacen ver que ya he superado una etapa del día; como por ejemplo el desayuno a las 9:15, que me lleva unos 20 minutos…. O el caramelo que me tomo a las 12, así como las dos o tres levantadas para ir al baño del pasillo. Ayer, desesperado, y con la intención de desviar mi vista sobre el ordenador, pues al final del día siento los ojos algo cansados, me acerqué a la habitación donde tenemos una pequeña biblioteca y cogí un libro sobre Trafalgar. Ni corto ni perezoso me lo llevé a mi despachito y empecé a leerlo. Así al menos me culturizo.

Algunos os preguntaréis que qué opinan los demás compañeros, o si esta parada me afecta a mí sólo o a todos…. Pues, me afecta sólo a mí, pues esta actividad que desarrollo es competencia únicamente mía. Los demás tienen sus cosas que hacer, y por lo general hasta andan ocupados toda la jornada. Me he ofrecido incluso a alguno de ellos para echarles un cable si lo necesitaran. Y hace siete días hasta pasé toda la mañana en otro departamento, pues se le acababa el plazo para presentar una solicitudes y necesitaban ayuda para llegar a tiempo.

Mis amigos piensan que ojalá estuvieran en mi situación: ser pagado por no hacer nada…. Obviamente es mejor estar cobrando que no cobrar…. pero la verdad es que es un auténtico coñazo la inactividad en el curro. Espero y deseo que la próxima semana me llegue carga de trabajo, o me veo con un mono y unas brochas pintando las paredes de la oficina.